La diplomacia inglesa, resorte oculto de nuestro presente

Un análisis del politólogo, analista y consultor en Relaciones Internacionales donde desgrana la influencia histórica del país británico desde el fondo de la historia hasta estos tiempos contemporáneos.  

Durante la guerra de Malvinas, cuando todavía no se había apagado el ruido de los cañones, el gran pensador argentino oriental, Alberto Methol Ferré, tratando de interpretar los acontecimientos escribió, febrilmente, un artículo titulado “Las Malvinas nueva frontera latinoamericana”.

En dicho artículo Methol afirma: “Argentina ha sido el país más anglófilo (su oligarquía) de América Latina y el más antinorteamericano. También, simultáneamente, el más antinglés: ningún país latinoamericano generó un nacionalismo antinglés tan intenso como la Argentina, lo que explica que sea la nación con más autoconciencia histórica de América Latina. Sus contradicciones, su gran desarrollo, su acumulación intelectual así lo posibilitaron.

Realizó un revisionismo histórico crítico de la hegemonía anglosajona sin igual en América Latina. Curioso destino. Por inglés resistió a los yanquis. Por nacionalista resistió a los dos”.

Sin duda alguna, uno de los hombres que más contribuyo a que la Argentina sea la nación con mayor autoconciencia histórica de la Patria Grande fue Raúl Scalabrini Ortiz.

Sin duda alguna, también, fue Raúl Scalabrini Ortiz, el argentino que más caro pago la “osadía” de denunciar al imperialismo británico.

Los hombres de la anglófila oligarquía argentina no le perdonaron jamás semejante atrevimiento y, cumpliendo órdenes del imperio -como aquellos que en su momento ordenaron el fusilamiento del héroe de la reconquista- condenaron a Scalabrini a la miseria, al ostracismo, a la muerte en vida pero, sin embargo, no pudieron silenciarlo, no pudieron apagar su voz.

Como no pudieron doblegarlo, Raúl Scalabrini Ortiz, después de años de paciente investigación histórica –y atenta observación de la realidad–, dio a publicidad su célebre obra “Política británica en el Río de la Plata”. En ella, se atrevió Scalabrini, a develar el resorte oculto de la historia argentina.

En efecto, siguiendo los hilos de las “marionetas” que, en el Río de la Plata parecían ser grandes patriotas e ilustres estadistas, comprobó que todos esos hilos conducían a Londres.

El de la Argentina, por supuesto, no era un caso aislado. El poder inglés ejercía su influencia urbi et orbi y así, por ejemplo, durante la guerra civil norteamericana Inglaterra jugó sus cartas a favor del sur para que Estados Unidos no pudiera completar su proceso de industrialización y se partiese definitivamente en dos o más estados.

Gran Bretaña aplicó en todas partes del mundo, con mayor o menor éxito, la política de dividir para reinar. Ciertamente, en la América española la política británica tuvo un éxito absoluto y sin igual, pero es importante remarcar que, para el logro de sus fines, Gran Bretaña utilizó siempre más su inteligencia que su fuerza.

Por eso Scalabrini Ortiz afirma: “Más influencia y territorios conquistó Inglaterra con su diplomacia que con sus tropas o sus flotas. Nosotros mismos, argentinos, somos un ejemplo irrefutable y doloroso. Supimos rechazar sus regimientos invasores, pero no supimos resistir a la penetración económica y a su disgregación diplomática… La historia contemporánea es en gran parte la historia de las acciones originadas por la diplomacia inglesa”.

Luego, poniendo el dedo en la llaga, Scalabrini Ortiz advierte: “El arma más temible que la diplomacia inglesa blande para dominar los pueblos es el soborno… Inglaterra no teme a los hombres inteligentes. Teme a los dirigentes probos”.

Digamos al pasar que ese tipo de hombre, al que Inglaterra teme, ha sido demasiado escaso en la elite política argentina desde los tiempos de Mayo hasta nuestros días, y que este hecho facilitó la acción de la diplomacia británica en estas tierras. Acción que la mayoría de los historiadores argentinos en sus grandes obras –desde los tiempos del reinado de Bartolomé Mitre hasta la actualidad bajo el principado de Tulio Halperín Donghi– parecen ignorar o descartar de plano.

Respecto de semejante omisión que hace imposible todo análisis serio, objetivo y científico de la historia argentina, Scalabrini Ortiz afirma: “Si no tenemos presente la compulsión constante y astuta con que la diplomacia inglesa lleva a estos pueblos a los destinos prefijados en sus planes y los mantiene en ellos, las historias americanas y sus fenómenos sociales son narraciones absurdas en que los acontecimientos más graves explotan sin antecedentes y concluyen sin consecuencia.

En ellas actúan arcángeles o demonios, pero no hombres… La historia oficial argentina es una obra de imaginación en que los hechos han sido consciente y deliberadamente deformados, falseados y concatenados de acuerdo con un plan preconcebido que tiende a disimular la obra de intriga cumplida por la diplomacia inglesa, promotora subterránea de los principales acontecimientos ocurridos en este continente.”

Finalmente, Scalabrini Ortiz, para no perder tiempo en el examen de detalles innecesarios y superfluos e ir a la búsqueda de los datos que realmente tienen relevancia histórica, remarca como clave interpretativa: “Para eludir la responsabilidad de los verdaderos instigadores, la historia argentina adopta ese aire de ficción en que los protagonistas se mueven sin relación a las duras realidades de esta vida.

Las revoluciones se explican como simples explosiones pasionales y ocurren sin que nadie provea fondos, vituallas, municiones, armas, equipajes. El dinero no está presente en ellas, porque rastreando las huellas del dinero se puede llegar a descubrir los principales movilizadores revolucionarios”

Fue Raúl Scalabrini Ortiz el que nos enseño que la historia de la Argentina –su historia real, no la historia oficial escrita por los vencedores de Caseros y sus hijos putativos– es, en gran medida, la historia del pueblo argentino en lucha por su liberación de la dominación británica.

Fue Scalabrini quien nos enseño que la historia que se nos oculta desde las usinas de la historia oficial –ayer liberal, o mitromarxista y hoy, progresista- es que la independencia fue un fracaso porque pasamos del collar visible borbón al collar invisible inglés, porque pasamos de la unidad a la dispersión.

La gesta de los libertadores apuntaba a un solo objetivo: la Patria Grande. Aquellas era una oportunidad histórica de lanzarnos al futuro con autodeterminación y objetivos de grandeza claros y únicos. Desde adentro y desde afuera, la alta bandera de los libertadores fue agredida, vilipendiada y asediada, hasta que aquella acción destructiva consiguió fragmentar el cuerpo “uno” en numerosas partes, con aspiraciones restringidas y fáciles de manipular desde los centros de poder.

El “uno” original se perdió y, se sabe, separados del cuerpo “uno”, sus fragmentos no son nada. Perdimos la gran oportunidad de incorporarnos al concierto de las naciones como un “todo” capaz de imponer respeto y nos incorporamos como fragmentos impotentes.

Así dada la historia, nos convertimos, en “inventados” gentilicios. Fuimos, entonces, “argentinos”, “bolivianos”, “chilenos”, “colombianos”, “ecuatorianos”, “panameños” , “paraguayos”, “peruanos”, “uruguayos” y “venezolanos”…porque fuimos incapaces de ser aquello que verdaderamente éramos: hispanoamericanos

Estamos, hoy, sin embargo, parados frente a un nuevo punto de partida. La historia nos brinda una nueva oportunidad. Esta vez estamos mejor parados, porque estamos juntos con Brasil. Existe por delante una nueva y gran oportunidad de volver a ser el “uno” perdido, pero ahora ampliado y potenciado. Si ella se concreta, habremos visado nuestro pasaporte a la historia por venir. Sin embargo, nuevos peligros nos asechan.

Cientos de ideólogos recorren la América Latina predicando un cierto y falso “fundamentalismo indigenista” cuyo oscuro propósito es fragmentarnos en cientos de pedazos. Pero, ahí están como siempre las palabras de Raúl Scalabrini Ortiz, su pensamiento prístino que nos dice: “Unir sobre lo fundamental es tarea americana y de legítima reivindicación, así como desunir por futilezas o por doctrinas ajenas a la convivencia americana es tarea del interés europeo y de sus cómplices. Para unir, es preciso comprender. Para comprender, hay que conocer. Enseñar la comunidad de los intereses es practicar el sentimiento fundamental de América, inmensa fraternidad sin hermanos…Las redes de venales están tendidas en todos los campos en que subsibe una posibilidad de dominio. Los hay verbalmente declarados como amigos del pueblo y los hay despreciadores ostensible de lo popular…América – afirma Scalabrini- es un sentimiento, un estado de alma, no una materialidad y menos una consanguinidad. Ser poroso para ese sentimiento y no impermeable puede únicamente motivar una jactancia de americanidad. El simple nacer aquí de padres aquí nacidos es un ocurrimiento de índole civil no trascendente… Ensalzar los tipos del pasado americano y contraponerlos en rivalidad con lo actual es incurrir en complicidad de simonía o de tontera con el esquilmador extranjero de ayer y de hoy. Es pugnar por su mantenimiento mañana y facilitar, con el relajamiento de las energías americanas presentes, el triunfo de los que a toda costa están procurando usar las armas de su dominación económicas para arrastrar estos pueblos políticamente inertes a la catástrofe…Lo americano es lo constantemente presente no lo fenecido. Es lo que está llegando, no lo que paso. Es lo que haremos, no lo que hicimos.”.

Claro, de tras de ese nuevo peligro que nos acecha esta, como siempre, Gran Bretaña, hoy, tan descaradamente que – como constantemente lo denuncia el gran pensador boliviano Andrés Soliz Rada- una de las más importantes fundaciones de los predicadores, a sueldo, de la nueva balcanización tiene su sede en 6 Lodge Street, de la ciudad de Bristol. Ayer como hoy –como nos enseño Scalabrini- la diplomacia inglesa sigue siendo el resorte oculto de nuestra historia.

*Doctor en Ciencia Política por la Universidad del Salvador. Magister en Relaciones Internacionales por el Institut Universitaire de Hautes Études Internationales, de la Universidad de Ginebra. Graduado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid. Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Rosario.