Como cada 7 de noviembre, desde hace 69 años, hoy se celebra el Día del Canillita. Comenzó a festejarse en memoria de la muerte del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez, autor del sainete «Canillita», cuyo personaje era un chico que voceaba diarios por la calle.

La primera vez que en Argentina se escuchó vocear a uno de ellos fue el 1 de enero de 1898: «Compre La República», «La República, a medio peso», gritaban, para asombro de los transeúntes.

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No obstante, recién desde 2010 es considerado día no laborable al aprobarse un proyecto del diputado del Frente para la Victoria (FpV) Héctor Recalde del año anterior que estableció el 7 de noviembre como el Día Nacional del Vendedor de Diarios.

El secretario de prensa del SIVENDIA, Martín Cruz Vargas, informó que «ya desde hace unos años las empresas han aceptado este día como no laborable después de una larga lucha del gremio y ahora directamente no editan los periódicos».

¿Quién fue Florencio Sánchez?

Un día de agosto de 1903 la compañía teatral de Jerónimo Podestá, estrenaba en el teatro Comedia de la calle Corrientes, aquí en la Capital Federal, una obra de un dramaturgo de 28 años. Era uruguayo. Estaba radicado en Buenos Aires.

La obra -que hoy es un clásico- se llamaba «Mi hijo el Dotor». Dotor, sin la c. El autor, muy nervioso, -era lógico- se había sentado en la última fila del teatro. Tenía el cabello lacio y largo y las facciones morenas y finas. Vestía muy humildemente. ¿Su nombre?: Florencio Sánchez.

Cuando bajó el telón del último acto, una interminable ovación indicó la opinión favorable del público. Florencio Sánchez cerró sus ojos agradecido y emocionado simultáneamente. Ese resplandor, iluminó para siempre su existencia. Al día siguiente los diarios porteños saludaban el nacimiento de un gran dramaturgo.

Y no se equivocaban, porque después llegarían «Barranca Abajo», «La gringa», «Canillita». Precisamente de esta última nació una nueva denominación para los vendedores de diarios a los que se llamó desde entonces, precisamente «canillitas».

Y en su homenaje los vendedores de diarios, eligieron con toda justicia, la fecha del día de su muerte, 7 de noviembre -de 1910- como «Día del Canillita». El éxito de sus obras no le significó a Florencio Sánchez, salir de su modesta situación económica.

Ganaba muy bien, pero su bohemia y su generosidad, le impedían ordenar su vida material. Quizá pensase que cuando las ganancias aumentan, los sueños disminuyen. Es que él sabía, que el dinero debe ser nuestro esclavo, no nuestro rey.

Fue un verdadero idealista. No dudaba que era mejor morir por algo que vivir por nada. Y sus vínculos los tenía sólo con hombres que abrazaban causas nobles, que es una manera de abrazar hombres. Fueron sus amigos José Ingenieros, Lisandro de la Torre, Evaristo Carriego.

Pero Florencio Sánchez sentía que los que luchan por un ideal, siempre ganan, aunque pierdan y comprendía también, que donde se ahogan ideales, se ahogan hombres. Tenía un físico frágil. Además, un problema pulmonar lo acosaba desde muy joven. Y él no cooperaba en absoluto a su curación. Y trasnochador, mal alimentado, fumador, su dolencia se acentuaba.

Un médico le indicó que en Suiza había un sanatorio especial para tuberculosos. Pero él no tenía recursos como para afrontar el viaje. Entonces, logró que el gobierno uruguayo le encargase una misión cultural a Europa. Y esto le posibilitó el viaje, que con sus propios recursos, no hubiera podido hacer. Pero llegando a la ciudad italiana de Milán, su organismo ya no resistió más y falleció con tan sólo 35 años, una fría mañana de un 7 de noviembre de 1910.

Y una breve anécdota final. Teniendo Florencio Sánchez: 24 años, poco antes de su consagración, vivía en una modesta pensión en el barrio porteño de Almagro.

Una madrugada regresaba a su modesta habitación de soltero. Oyó un ruido, dentro de la misma. Encendió la luz y encontró que un vecino de la misma pensión estaba tratando de robarle. El ladrón quedó sorprendido, avergonzado, sin atinar siquiera a huir.

Entonces Florencio Sánchez, espíritu noble, le dijo:

-Hermano, nada podés robarme, porque nada tengo. Te invito a un café con leche, porque debés haber hecho esto -no tengo duda- por hambre.

Y ahí partieron los dos hombres, sonriente Sánchez y llorando el ladrón, que con ese llanto no mostró falta de hombría, sino sólo una especial sensibilidad.