René Gerónimo Favaloro nació el 12 de julio de 1923 en una casa humilde de la ciudad de La Plata, a una cuadra del Hospital Policlínico, que sería clave en la futura formación del médico. Con tan solo cuatro años Favaloro ya decía que quería ser “doctor”. Tal vez, porque tenía un tío médico, que le mostró cómo era el trabajo en el consultorio y en las visitas a domicilio.

La mamá de René Favaloro era Ida Raffaelli, una modista muy habilidosa, y el papá, Juan Bautista Favaloro, un ebanista, le transmitieron el valor del trabajo y el esfuerzo. De niño, cursó la primaria en una escuela del barrio, y la tarde y los veranos los pasaba en el taller de carpintería del papá. De su abuela materna, aprendió el amor por la tierra y las plantas y fue a ella a quien le dedicó su tesis de doctorado: “A mi abuela Cesárea, que me enseñó a ver belleza hasta en una pobre rama seca”.

«Quisiera ser recordado como docente más que como cirujano”

Tras aprobar un examen riguroso, Favaloro entró al Colegio Nacional de La Plata para cursar la secundaria, donde le infundieron principios de base humanística de las manos de docentes como Ezequiel Martínez Estrada y Pedro Henríquez Ureña. También incorporó y afianzó ideales como libertad, justicia, ética, respeto, búsqueda de la verdad y participación social, que había que alcanzar con pasión, esfuerzo y sacrificio.

Una vez que terminado el colegio, empezó la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). En tercer año, al empezar las concurrencias en el Hospital Policlínico, toma contacto por primera vez con los pacientes y crece su vocación por la profesión. Hacía todo lo requerido en el programa, y más, ya que, a la tarde, volvía para ver la evolución de los pacientes y conversar con ellos.

Mientras seguía cursando las materias de su año se mezclaba con los estudiantes de sexto año y también iba a ver las operaciones de los profesores José María Mainetti, de quien captó su espíritu renovador, y Federico Christmann, de quien aprendió la simplificación y estandarización que aplicaría después a la cirugía cardiovascular, quizás la mayor contribución de Favaloro a las operaciones sobre el corazón y los grandes vasos. Fue Christmann quien decía que para ser un buen cirujano, había que ser un buen carpintero.

Sin embargo, su preparación profesional fundamental se dio durante la residencia (que entonces se llamaba practicantado) en el Hospital Policlínico. En dos años, Favaloro pudo tener un panorama general de todas las patologías y los tratamientos pero, sobre todo, aprendió a respetar a los enfermos, la mayoría de condición humilde.

Ya estando recibido, le llegó una carta de un tío de Jacinto Aráuz, un pueblo de 3.500 habitantes en la provincia de La Pampa. Decía que el único médico que había estaba enfermo y le pedía que lo reemplazara por dos o tres meses. La decisión no fue fácil. Favaloro llegó a Jacinto Aráuz en 1950 y rápidamente se compenetró con las vicisitudes de la población, que en su mayoría se dedicaba a las tareas rurales.

Al poco tiempo se sumó a la clínica su hermano, Juan José, también médico. Durante los años que estuvieron en Jacinto Aráuz crearon un centro asistencial y elevaron el nivel social y educacional de la región. El centro asistencial se expandió y se logró reducir muy significativamente la mortalidad infantil, las infecciones en los partos y la desnutrición. Sobre estos resultados, Favaloro dijo que el acto médico debía “estar rodeado de dignidad, igualdad, piedad cristiana, sacrificio, abnegación y renunciamiento”.

Cada tanto, Favaloro volvía a La Plata, donde se actualizaba sobre las últimas novedades médicas y se iba interesando cada vez más en la cirugía torácica. Después de 12 años como médico rural, se decidió a ir a especializarse a Estados Unidos. El lugar elegido fue la Cleveland Clinic, por consejo de su antiguo profesor Mainetti. Pensaba que su viaje sería corto, pero se terminó quedando 10 años.

Primero fue residente y más tarde, se integró al equipo de cirugía. Después de terminar su trabajo como cirujano, se iba a estudiar la anatomía de las arterias coronarias y su relación con el músculo cardíaco y revisaba cinecoronarioangiografías.

En 1967, a Favaloro se le ocurre la posibilidad de usar la vena safena en la cirugía coronaria y ese mismo año, llevó su idea a la práctica. La estandarización de esta técnica, llamada del bypass o cirugía de revascularización miocárdica, cambió la historia de la enfermedad coronaria. Fue el trabajo clave de la carrera de Favaloro, por el cual cobró prestigio y reconocimiento internacional. Sólo en Estados Unidos, se realizan de 600 a 700 mil de este tipo de cirugías por año.

Este procedimiento está explicado en profundidad en su libro Surgical Treatment on Coronary Arteriosclerosis, publicado en 1970, que en castellano se llamó Tratamiento Quirúrgico de la Arteriosclerosis Coronaria. El médico argentino decía que su contribución no era personal sino el resultado de un equipo de trabajo que tenía como primer objetivo el bienestar del paciente.

En 1971 decidió volver al país y fundar un centro de atención médica, pero a la vez de investigación y de formación, todo con la máxima excelencia. Para desarrollarlo, siguió los principios de la Cleveland Clinic, donde se había especializado. De ese ideal, en 1975 nació la Fundación Favaloro, que creó con otros colaboradores, que continúa hasta hoy siendo un centro de referencia internacional tanto en atención, como en investigación y educación.

Favaloro no solo se preocupó por resolver problemas médicos sino que se interesaba por varias de las problemáticas que aquejan a la sociedad. Así, siempre se hizo el tiempo y el lugar para denunciar la desocupación, la desigualdad, la pobreza, el armamentismo, la contaminación, la droga, la violencia, entre otros temas, ya que creía que había que reconocer un problema para poder solucionarlo o prevenirlo. También dedicó tiempo a la enseñanza, profesional y popular, ya que solía decir: “quisiera ser recordado como docente más que como cirujano”.

El 29 de julio de 2000, se quitó la vida de un tiro en el corazón.