Luggard apenas tenía cinco meses cuando llegó herido por dos balas, una de las cuales dañó en varios puntos su fémur posterior derecho. Al bebé elefante le costaba seguir el ritmo de la manada en el parque nacional de Tsavo, en Kenia.

“Ya era demasiado tarde para una operación que podría haber sido exitosa”, cuenta Edwin Lusichi, jefe de los guardias del orfanato para elefantes del Fondo Sheldrick para la Fauna Salvaje (SWT) de Nairobi, en el que Luggard encontró refugio y se recupera de sus heridas.

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La cría de elefante, que actualmente tiene tres años, cojea de su pata deforme, lo que no le impide correr con entusiasmo cada mañana, junto a una veintena de compañeros huérfanos, cuando llega la hora de la comida.

Los pequeños elefantes se abalanzan cada día a unos biberones gigantes con una mezcla de leche en polvo para humanos, agua y vitaminas, una receta desarrollada por el centro para sustituir la leche materna.

Cada uno de los elefantes del orfanato tiene una historia única. “Cuando los acogemos, algunos apenas tienen unos días”, cuenta Kirsty Smith, administradora del SWT.

Larro, de 10 meses, es la elefanta más joven del centro. Cuando la encontraron erraba sola en la célebre reserva de Masai Mara, aparentemente tras un violento encuentro entre su familia y habitantes de la zona.

“A veces, los elefantes entran en las propiedades, en granjas.

La gente los golpea para espantarlos y, durante el combate, [los bebés] quedan separados de sus familias”, explica Lusichi.

Las crías de elefante no pueden sobrevivir sin sus mamás. No se destetan hasta los 5 o 10 años, y se convierten en adultos alrededor de los 18.

Cicatriz

Un elefante puede vivir hasta 70 años, pero muchos mueren de forma prematura.

Según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), cada año se matan en África unos 20.000 elefantes, principalmente por sus colmillos. Este comercio ilegal está motivado por la demanda en Asia y Oriente Medio, donde los colmillos de elefante se usan en la medicina tradicional y para ornamentación.

“¡Matan todo un elefante solo por sus colmillos!”, dice desesperado Lusichi cuando cuenta la historia de Enkesha, de dos años.

“¿Ven su trompa? Estaba atascada en una trampa”, que casi amputa este apéndice con el que los restaurantes respiran, se comunican y se llevan a la boca el agua y los alimentos.

Ahora, tras una larga reeducación, la joven paquidermo puede usar su trompa -que muestra una impresionante cicatriz- casi con normalidad.

Los elefantes suelen quedarse hasta los tres años en el orfanato, donde son alimentados cada tres horas y duermen en cercados individuales, cada uno acompañado por un guardia.

Es como pasar la noche en la habitación de un bebé humano”, explica uno de ellos, Julius Shivegha, de 43 años.

“Debemos asegurarnos de que están bien tapados con las frazadas”, cuenta.

Durante la jornada, los guardias acompañan a los jóvenes elefantes cuando deambulan por la sabana y cada día les preparan un baño de barro en el que les encanta dar vueltas y hacer burbujas con sus trompas.

Mimos y fútbol

“A veces jugamos al fútbol con ellos”, asegura Shivegha. “A veces les hacemos un mimo. Algunos intentan todo el tiempo atrapar nuestras manos o usar nuestros dedos como chupetín. Todo eso nos acerca mucho a ellos […] somos como sus madres”.

Al salir del orfanato, la mayoría de elefantes va a uno de los tres centros de reintegración situados en el parque nacional de Tsavo (sudeste), donde pasan varios años aprendiendo a vivir sin los humanos hasta que pueden unirse a una manada.

Para los elefantes discapacitados, como Luggard, el DSWT creó un santuario en el bosque de Kibwezi, cerca del parque de Tsavo, lejos de las residencias humanas y donde el agua y los alimentos abundan durante todo el año.

En 42 años de existencia, el SWT acogió a 230 elefantes, de los que más de 120 viven ahora en libertad y tuvieron una treintena de crías, según Smith.