JUEVES, 27 DE FEB.

Rosario Sin Secretos: un “guinconsito de Paguís”, en pleno centro

Quienes hemos escuchado a algunos franceses intentar hablar castellano, no podemos ignorar que les cuesta pronunciar las erres, igual que a los italianos la jota. Por eso nos tomamos el atrevimiento de escribir así este título, como para ir entrando en clima y en el paisaje.

 

Rosario tiene territorios con rincones de un pintorequismo supremo. Llegar a la zona de la ex Aduana es como recorrer algunas callejuelas de París, sin necesidad de movernos del terruño.

Este paisaje, que en el mundo llena miles de catálogos de interés turístico y por el que al visitarlo se pagan fortunas, está al alcance de todos los rosarinos, con dinero o sin él, con vehículo o a pie, con acompañantes o en solitario. Simplemente desarrollando esa conciencia de anfitriones turísticos de la que, en general, adolecemos.

La belleza arquitectónica, sumada a la riquísima y profusa historia que tenemos, nos da el pedigrée para hacerlo.

Como no se ama lo que no se conoce, vaya una historia más para sumar al amor por Rosario, con el compromiso, queridos lectores, que lo vuelvan a contar y replicar para que, más que viral, se torne contagiosa la alegría de saber y conocer el lugar del mundo que nos tocó habitar.

Hace muchos, muchos años, exactamente el 17 de febrero de 1874, se inauguraba el primer edificio importante de la Aduana de Rosario. Y decimos el primero “importante” porque antes hubo otro, pero era una especie de gran depósito, del que oportunamente nos habló y mostró una fotografía Carlos Fernández Priotti, de la Asociación Rosarina Amigos del Riel.

Aquel lo construyó el arquitecto Santiago Danuzio, el mismo que realizó la ex Cámara de Senadores de la Confederación, hoy ocupada por el Colegio Nuestra Señora del Huerto, de las Hermanas de la Caridad Hijas de María del Huerto, en la ciudad de Paraná, Entre Ríos.

Este que hoy recordamos, en el aniversario 151 de su inauguración, fue demolido para construir y dejar inaugurado en 1938, el que hoy engalana ese espacio tan parisino.

Pero volvamos al anterior. La firma Rezia y Sala se hizo cargo de “cambiarle la cara” al impresentable lodazal en que se había convertido el sinuoso camino de la Bajada Grande, lleno de barro, provocado por el intenso pasaje de carretas cargadas de mercadería, animales y trabajadores.

Le habían adjudicado la obra en noviembre de 1872 y en apenas un poco más de un año, Rezia y Sala (¡qué celeridad!) tenían terminado un magnífico edificio parecido a un castillo medieval, hasta con almenas y torres, que se levantaba como una gran fortaleza.

Hoy, la que conocemos como Sargento Cabral, era la única bajada que llegaba directo al río Paraná, amurallado por altas barrancas naturales, circunstancia que ubicó a nuestra ciudad, desde siempre, como el mejor puerto de todo el curso fluvial.

A Buenos Aires esto lo tenía muy preocupado. Tener los derechos exclusivos de la Aduana era un privilegio que se terminó cuando en 1852 el director provisorio de la Confederación firmó el libre acceso de los buques de ultramar, sin que tuvieran necesitar de recalar en Buenos Aires.

¡Poderoso Caballero es Don Dinero! Fue allí que Rosario empezó a desarrollarse sin prisa y sin pausa, como las estrellas, con la libre navegación del Paraná. Pareciera que ahora hay quienes pretenden privatizarlo, bajo la denominación de Hidrovía.
Pero volvamos a la Aduana, con “free pase” para el conocimiento.

Nos contó el inefable Wladimir Mikielievich que “en enero de 1855 entraron 38 buques de 1079 toneladas y salieron 71 con 1677 toneladas” y que, ese mismo año, se autorizó a Eduardo A. Hopkins la construcción del primer muelle, llegando en agosto, el primer buque directamente del exterior: “una nave norteamericana con azúcar, maderas y otros efectos”.

Para esa época, el gobierno de la provincia cedió a la Nación una superficie en el Bajo, que después remató, para construir un depósito fiscal. La Aduana funcionaba en un rancho en calle Buenos Aires a media cuadra de plaza 25 de Mayo, y el puerto era, solamente, la ribera del río.

Con el tiempo vendrían a instalarse, a ambos lados de la anchurosa bajada, importantes almacenes, entre los que aparece el del visionario Luis Rosental que en 1905 llegó como inmigrante para iniciarse con una pequeña despensa en barrio Refinería, el primer barrio obrero de la ciudad. La buena venta entre los que más consumen, los trabajadores, le permitió trasladarse en 1917 a la zona de la Aduana e incluso fue uno de los privilegiados que vio los dos edificios de la Aduana conviviendo.

Porque, al inaugurado un día como hoy, en 1874, se sumó el que se habilitó en 1938 con su refinado estilo francés, en un proyecto de 14.300 metros cuadrados que databa de 1911 y estuvo a cargo de los ingenieros Juan Ochoa y Carlos Evans Tomas. ¡Imperdible su lucernario!

De la Fuente de las Utopías que completa el magnífico paisaje y la clásica postal, obra de Carlos Righetti, hablaremos en otro capítulo de Rosario Sin Secretos.

Porque, como nos recuerda Galeano que respondió el director de cine Aguirre acerca de que para qué servían las utopías: «La utopía está en el horizonte. Yo sé muy bien que nunca la alcanzaré, que si yo camino diez pasos hacia ella, se alejará diez pasos, y cuanto más la busque menos la encontraré: se va alejando a medida que yo me acerco. ¿Para qué sirve la utopía? Pues la utopía sirve para eso, para caminar, para seguir avanzando».

Rosario tuvo la gran fortuna que la Nación, por ley 24.803/1917, cediera el edificio a nuestra ciudad, a la que pertenece desde 1918. Allí en la actualidad funcionan oficinas de las secretarías de Obras Públicas, Planeamiento, Hacienda y Economía, y Control y Convivencia, y suele ser utilizado cada tanto como marco referencial del gratísimo Paseo de las Artes, coordinado por el talentoso dibujante rosarino Carlitos Barocelli.

Esta feria a cielo abierto cuenta con alrededor de 150 artistas locales y allí se pueden admirar y comprar obras en óleo, acrílico, acuarela, grafito, grabado, arte digital, serigrafía, retrato, arte sobre tablas, caricatura, dibujo a lápices de colores, mosaiquismo…

Si en París, a orillas del Sena, surgieron pintores afamadísimos y muy bien cotizados, tal vez a orillas del Paraná, inmensamente más grande y poderoso, podamos emularlos. ¡Sólo hay que conocerlos, comprarles sus obras y difundirlos! ¡Que vivan nuestros artistas y nuestra historia!

Y ya que estamos en un rincón francés, nos vamos con música. Con una gigante pequeña, Édith Piaf, porque en Rosario la vida también… puede ser color de rosa.

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